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 TECHO realizó este martes su presentación Desafíos en la Nueva Agenda Urbana desde el Derecho a la Ciudad: asentamientos informales y desigualdad, en la Sala Narciso Bassols del Palacio Legislativo de Toluca, México. La presentación está enmarcada en la Reunión Regional – América Latina y el Caribe, como parte del proceso de definición de la Nueva Agenda Urbana.

Cuando el agua baje en Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay quedará desnuda nuevamente una emergencia con la que convive un cuarto de la población en América Latina residente en zonas urbanas: la de los asentamientos informales. Para Juan Pablo Duhalde, director del Centro de Investigación Social de TECHO-Internacional, catástrofes como esta o el mismo terremoto ocurrido en Ecuador, golpean con un énfasis particular a quienes viven en asentamientos donde el problema de los techos y las dificultades de acceso “son el pan de cada día”. “No son hechos aislados que tenemos que recordar cuando pasan estos sucesos lamentables, sino que debemos enfocarnos en la emergencia que ha sido construcción de la misma sociedad: excluir y obligar a parte de nuestra población a vivir en condiciones no aptas para la vida”.

Hasta el momento la organización ha realizado siete estudios catastrales en asentamientos de Argentina (2013), Chile (2013), Colombia (2015), Costa Rica (2013), Nicaragua (2013), Uruguay (2008) y Venezuela (2015). De ellos se desprende que de los 402 asentamientos contabilizados en el Pacífico Sur de Nicaragua, el 90% vive en zonas de riesgo; mientras tanto, en Chile son 34.000 las familias que viven en asentamientos informales, las que respondieron que el principal motivo de habitarlos es no tener una casa o lugar donde vivir (25,6%) o los altos costos del arriendo (14,5%).

Luis Bonilla, director operativo de TECHO–Internacional explicó que “los asentamientos informales son la exclusión más extrema”. Una realidad que en América Latina alcanza a 113.4 millones de personas que viven en zonas urbanas, según ONU-Hábitat. Realidad que Teresa Márquez, lideresa comunitaria de Agostadero en Valle de Chalco (México), describe sin vacilaciones: “Somos ignorados, sometidos, pisoteados y cuando no, hasta hostigados. Pero aquí estamos para cambiar nuestro entorno. ¿Cómo lo hacemos? Organizándonos”, manifestó en su exposición al auditorio. Algo que se repite en los demás países estudiados: “Eso demuestra que no es una realidad estática sino dinámica. La gente se está organizando para mejorar su calidad de vida, esto es esencial que se refleje en la agenda de Hábitat III”, destaca Duhalde.

El costo de la emergencia

Esa dinámica de cómo accedemos a las ciudades condiciona mucho cómo disfrutamos de nuestro entorno y genera que las ciudades sean lugares más de desencuentros que de encuentros. Se generan fronteras que nos separan, a veces físicas, jurídicas, de ideas, que segregan la ciudad”, indica Bonilla. “Cada día, en estos asentamientos informales, crece a pasos agigantados la desigualdad. Amo mi patria, pero me duele mucho”, expresa Márquez.

Para Duhalde, un cómplice de la perpetuación de esta emergencia es el desconocimiento, fruto de la falta de estudios en torno al tema: “Latinoamérica no entiende la magnitud del problema. Lo importante es visibilizar esta realidad en cifras y datos que se conviertan en insumos de políticas públicas para hoy”.