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Prácticamente fundó la oficina de TECHO-Argentina. Inés López, en ese entonces de 21 años, fue parte del grupo que asistió a las segundas construcciones que la organización armó en Buenos Aires, en 2006. Aún cuando el equipo no alcanzó a convocar la cantidad de voluntarios suficientes para cerrar el proyecto junto a las comunidades, esta estudiante de filosofía se quedó. Después de esas construcciones, Inés permaneció 8 años trabajando en asentamientos de Latinoamérica con la organización.

“Yo trabajaba en una escuela cercana a un asentamiento, en una organización que se enfocaba en educación. Me llamó la atención poder entrar a un asentamiento y dormir ahí”, recuerda hoy, después de haber aportado en casi todas las áreas que TECHO mantiene en sus oficinas: “En ese tiempo todos hacíamos de todo. Nosotros recogíamos las donaciones casa a casa, cotizábamos los paneles para que nos hicieran rebaja”.

Si bien Inés –“Ine”- fue parte del crecimiento del equipo de Argentina, que en 2012 movilizó a más de 1,800 voluntarios para trabajar junto a los “barrios”, su fuerte fue la expansión del trabajo, desde la construcción de viviendas hacia el trabajo constante en los asentamientos a través de los programas de Habilitación Social. “Era un trabajo constante con las familias, más participativo y horizontal”, recuerda.

De esos asentamientos aprendió la fuerza de la organización y la importancia de alzar la voz con fuerza para reivindicar los derechos que les son negados a quienes viven en situación de pobreza. “No es un factor romántico que las comunidades se organicen, sino que hace la diferencia en las políticas concretas que entrega el Estado. Las villas más organizadas consiguen los mejores terrenos”, explica.

Después de arrancar con el equipo de Argentina, Inés trabajó en el Centro de Investigación Social de TECHO y en Uruguay. De ese espacio, lo que más le llamó la atención fue el empoderamiento de las comunidades y su trabajo mancomunado para superar la desigualdad, por ejemplo, llevando los planes de educación con pobladores-monitores.

¿Qué es lo que más extrañas de TECHO?
— Lo que más extraño es tener la camiseta puesta como con techo. Allá estaba plenamente convencida de cada cosa que hacíamos. Hoy si bien algunas decisiones tienen mucho más impacto, no siempre compartes las líneas de trabajo.

¿Y en qué crees que TECHO te formó?
— Hay muchas cosas, porque corta con una mirada de solidaridad y define una mirada de justicia. Es muy difícil sentirse solidario, sino que trabajas para que haya justicia que no alcanza con la canasta navideña. Eso creo que me lo enseñó TECHO en el dialogo con los vecinos. También me enseñó a confiar que con ciertos lineamientos y una mínima estructura los voluntarios avanzan y trabajan con los vecinos muy e la mano. Después ya mismos vecinos les marcan el camino. En el Estado veo una estructura mucho más verticalista, lo que da pocas perspectivas.

Por último, Inés defiende el trabajo mano a mano y de largo plazo, para generar verdaderos cambios estructurales. “Techo te enseña que es importante dejar que salga el valor del capital social, del acompañamiento entre los vecinos. Cuánto mejor es su vida cuando puede confiar su casa a otro, cuando en los cursos se generan conversaciones de la vida íntima de cada uno. Hay un intangible que hace mucho a su calidad de vida”.