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Los siguientes párrafos son planteamientos urgentes y totalmente vigentes para el presente y futuro de Latinoamérica, en el marco del día internacional para la erradicación de la pobreza. Son urgentes porque no podemos seguir esperando para actuar, siendo responsabilidad de todas y todos en cada país, ciudad o localidad, construir un abordaje para superar la pobreza y la desigualdad en la región. 

A fines del 2020, CEPAL proyectó que el total de personas en situación de pobreza en  Latinoamérica ascendía a 209 millones, 22 millones más que en 2019. Estas cifras críticas deben ser el mecanismo para poner en tensión y discusión la pobreza y desigualdad a escala regional, problema estructural que hemos arrastrado por décadas y que la política pública no ha dado respuesta. 

Vivimos en un mundo globalizado con ciudades capitales de vanguardia que permiten la conectividad, flujos financieros y tecnológicos sin precedentes. Pero en aquellos sectores en donde no llegan las luces de la globalización y en donde el COVID-19 golpeó más fuerte, millones de personas viven en situación de pobreza en asentamientos populares, excluidos de las oportunidades, construyendo incansablemente sus viviendas, pero donde el agua, la electricidad y el saneamiento son un desafío diario; el riesgo a los desalojos un temor latente; los estragos de los fenómenos y crisis climática una historia que se repite año a año; siendo opción obligada para millones de migrantes que buscan un futuro mejor. Estamos en crisis desde antes de la pandemia, una crisis moral que debemos revertir.

La crisis la podemos superar construyendo con urgencia una nueva ética colectiva, desde la perspectiva innegociable de la justicia social. Así podremos colectivamente actuar para superar la pobreza y desigualdad, midiendo el desarrollo no por el crecimiento del mercado, sino por la realización plena de los derechos para y por la ciudadanía, principalmente en los sectores históricamente más vulnerados. 

La participación ciudadana, el intercambio de saberes desde cada territorio, el trabajo y las trayectorias de lideresas y líderes que viven en asentamientos populares, el rol de los gobiernos locales y nacionales, serán claves para unir esfuerzos en la construcción de una ética de justicia social que integre y deje atrás las fragmentaciones. Podemos transformar las políticas públicas con participación directa y vinculante, con competencias y recursos para impactar a escala local y regional. Estamos frente al desafío de seguir visibilizando la realidad, poniendo en el centro a las personas, la sostenibilidad ambiental y la igualdad de género, el derecho de migrar, de tener una vivienda digna para vivir y no sobrevivir. 

Una ética que promueva y facilite los encuentros de las diversidades sin desigualdades, determinará las capacidades sociales, políticas, económicas y ambientales para enfrentar los desafíos del presente y futuro, promoviendo e incidiendo en políticas de Estado con perspectiva de largo plazo. También generará confianza en momentos coyunturales en donde es escasa. De no actuar seguiremos lamentando las cifras, que finalmente son trayectorias de más de 200 millones de personas, que tienen rostros y que trabajan día a día por mejorar su calidad de vida y superar la pobreza de sus comunidades.

No hacer nada no es opción, porque en juego se encuentra el futuro de todas y todos en Latinoamérica y el mundo. Actuar para transformar es el camino, empecemos hoy. 

Juan Pablo Duhalde. Relaciones Institucionales e Impacto – TECHO Internacional