TECHO
18 enero, 2018

Las puertas abiertas se cerraron

Visitamos la casa de Elisa donde vive en el mismo ambiente con su ex marido, sus cuatro hijos, y comparte cama de una plaza con el mayor de 20 años; para erigir una de las 14 viviendas que se construyeron el fin de semana en el asentamiento 24 de Junio.La familia hace 54 años que vive allí, siendo una de las 230 fundadoras del asentamiento. Hoy viven cerca de mil familias. Recién en el último año llegó el cable de luz, y en el pasado mes se sustituyó la esquina de barro por una calle de pedregullo.

Los hijos más grandes estudiaron en la escuela, y ahora asisten al liceo o a la escuela comunitaria (pre secundario), desde la cual los han ido a buscar al asentamiento si faltan mucho a clases. Es que los cinco kilómetros de ida y cinco de vuelta entre calles que no son tales, a veces se hace demasiado largo para un joven que va caminando a un liceo superpoblado, en algunos casos con condiciones climáticas complicadas y el agua por los tobillos.

Ellos igualmente quieren ir a la escuela y aprender, bajo la esperanza de construir un mejor futuro del que nacieron. Sobre todo, buscar la independencia. Tener una casa propia. Elisa recuerda una Navidad en la que se les llovió la casa, se despertó ensopada y a su lado, en la misma cama, su hijo durmiendo plácidamente. Lo recuerdan como un chiste.

Raúl, el padre, es oficial albañil, feriante, y vive entre changas en negro para llevar comida a su casa. Al tener pocas ofertas de trabajo, no puede exigir blanqueo, lo que hace entre otras cosas, que no acumule fondos para su jubilación, y deba trabajar hasta que su cuerpo se lo permita.

Reciben aportes de los programas de apoyo económico a las familias de bajos ingresos del Mides, los cuales agradecen, pero explica que le gustaría más una política social que una ayuda económica. Inserción laboral. Para depender él mismo de sus ingresos y no de un dinero fijo que le pasan por mes.

Tienen regularizada la luz y el agua. Hace poco, esto no existía en el asentamiento porque no estaban los saneamientos, los postes, ni el entorno necesario para ello. Se queja de lo que paga de luz pero se enorgullece a la vez por no estar colgado. Su elevada factura según explica, se da porque varios no la tienen en regla como él. “Si todos pagáramos, sería mucho menos. El tema es que no hay control”.

Raúl le pasó la pensión del MIDES a su ex mujer, que por enfermedades físicas le es más difícil trabajar y conseguir trabajo. Algunos grandes supermercados no les quieren aceptar la tarjeta del MIDES, con la cual se abaratan algunos productos, por lo que deben recurrir a la libretita de los almacenes de barrio, que le recarga dos pesos por artículo.

En los dos días que llevó la construcción de la vivienda de emergencia, familia y vecinos acompañaron a los voluntarios de TECHO ayudando con la construcción, cocinando, bromeando, pasando el rato, conociéndose. Al momento de entregar la vivienda, Elisa quebró en lágrimas y tras un abrazo grupal, las lágrimas fueron más intensas.

“Gracias por abrirnos las puertas de tu casa” comienza diciendo una voluntaria, a lo que Elisa responde con el humor que mantuvo todo el fin de semana: “ya estaban abiertas, ahora gracias a ustedes la podemos cerrar cuando queramos”.

Sobre tantos agradecimientos, una de las voluntarias de TECHO que trabaja junto a ellos  aclara que no le estamos haciendo un favor a la familia, le ayudamos a contar con los derechos que marca la Constitución.

* Los nombres han sido modificados para proteger la identidad de las personas.

Autor : Martín Carlevaro.

Voluntario de Prensa