TECHO
23 septiembre, 2017

Historias

Historia de Transformación  

Relato de una voluntaria durante la construcción en el bario 5 De Junio – Durán… 

Parecía imposible que en esos pocos metros cuadrados viviera una familia entera y más. En apenas dos espacios de caña en pésimo estado, con piso de tierra, se distribuía un dormitorio compartido y una cocina-comedor-sala-habitación. En este lugar habitaban siete personas, de diversas edades, gustos y formas de pensar, pero unidas por el amor, el trabajo duro y la solidaridad. Melba y su pareja Walter, fueron a vivir al barrio 5 De Junio hace 10 años, buscando ese pedacito  de tierra donde les fuera posible construir su hogar.  A los pocos años llegó María de los Ángeles, la mayor de sus tres hijos. Un par de años más tarde la familia se agrandó con Elías, y un tiempo después, llegó Josué, el más pequeño. Parecía que la familia iba a quedar ahí, entre ellos cinco, y el espacio que tenían era apretado, pero suficiente.

Sin embargo, algo ocurrió. Lidia, la mamá de Melba, se enfermó, y ya no pudo vivir sola. Su hija no dudó en recibirla en su casa, y darle los cuidados que necesitaba. Pero “mami Farina” como la llaman los niños, no vino sola. Su nieta de 14 años, Alexandra -sobrina de Melba- siempre había estado a su lado, había sido criada por ella, y no quería dejarla sola en este momento. Entonces, en la pequeña casa de caña  la sala se transformó en un cuarto más para recibir a las dos nuevas integrantes de la familia.

Walter es albañil, y había pensado siempre en construir una casa de bloque, pero las recurrentes inundaciones, y los malabares cotidianos para mantener a una familia de 7 con un sueldo básico y dos bonos, hicieron que este sueño se retrase. Para colaborar con los ingresos familiares, Alexandra todos los días congela agua y la vende como hielo a los vecinos. Durante los días de construcción pudimos comprobar que este negocio funcionaba, pero era poco sustentable, considerando que en 5 De Junio no hay agua potable, por lo que siempre tocaba comprar agua purificada para mantener este extra de ingresos, lo que significaba que cuando el sueldo no alcanzaba, no había agua, ni tampoco hielo, ni las monedas extras para el pan del día.

Los días de la construcción de la nueva vivienda para esta familia estuvieron cargados de alegría, trabajo y compañerismo, lo cual se hizo evidente en el momento de la inauguración de la vivienda. Ya no era una familia de 7, sino de muchos más, y todos los voluntarios estábamos incluidos en ella. La despedida estuvo llena de abrazos, llantos y promesas de volver.

Luego de un mes, cumplí mi promesa y volví. Lo primero que noté, fue que la sala había vuelto a ser sala. Había un sillón, una mesa con los cuadernos de los niños, y sillas a su alrededor.

Esa primera impresión me llenó de alegría, pero no sabía la sorpresa que me esperaba atrás. La casa que habíamos construido había mutado, tenía anexado un espacio más, con paredes de caña, y esa era la nueva cocina. Allí reinaba el orden, cada plato, olla y taza, en su lugar. Walter y Melba no estaban, porque habían ido a trabajar, pero mami Farina, Ale y los niños me recibieron con mucha alegría y muy emocionados.Lo primero que hicieron los más pequeños fue mostrarme como habían acomodado sus camas y sus cosas en la casa que habíamos levantado juntos. Su entusiasmo hacía que mi sonrisa creciera por segundos, como si nunca fuera a irse.

Pero no terminaba ahí: Mami Farina estaba mucho mejor se salud. Tener un piso seco, sin polvo había ayudado  a sanar sus pulmones, sus defensas habían aumentado, y su semblante había vuelto a ser el de esa señora fuerte, que unas décadas atrás había trabajado y criado a todos sus hijos y nietos.

Además, la nueva cocina le había dado a Melba el espacio necesario para preparar sus delicias, y  los ingresos de la familia aumentaron, ya que ahora los encebollados, ceviches y chifles se habían sumado al hielo en el negocio familiar. Las buenas nuevas de la familia me convencieron una vez más de que todo el esfuerzo vale la pena, que la construcción es el comienzo de mucha cosas: de un nuevo hogar, de nuevas oportunidades, de amistades a la distancia pero entrañables, de una familia que vuelve a tener esperanzas y de voluntarios que impulsan historias de transformación.

Creando sonrisas 

Durante este año, TECHO junto a la Fundación CRISFE realizaron el taller “Jugando y Creando” con los niños del barrio La Bota, uno de los primeros barrios donde TECHO intervino en el Ecuador. El taller duró 20 horas, en las cuales los niños hicieron títeres y participaron en una obra de teatro, presentada para su comunidad. Voluntarios de TECHO promovieron este espacio para que los niños puedan explotar su creatividad, compartir, jugar y acceder a un espacio de integración.

Huertos para la comunidad

Las paredes de adobe y cartón de Rosa Elena Tixe se desprendían poco a poco de su casa en San Francisco de Miravalle. A sus 68 años, vive con 90 dólares mensuales de los cuales 20 consume en medicamentos y 30 en alimentación. Con pocos ingresos, Rosa Elena, ha vivido por 53 años en este barrio de la ciudad de Quito. En 2013, la construcción de su nueva vivienda se puso en marcha junto con los vecinos del barrio y TECHO.

La intervención de TECHO en San Francisco de Miravalle, no terminó ahí, durante el mismo año, se realizaron capacitaciones sobre la construcción de huertos familiares. Este taller tiene como objetivo que los miembros de la comunidad aprendan a manejar huertos para que tengan acceso a alimentos de fácil producción. Participaron del proyecto 12 vecinos del barrio, incluyendo a Rosa Elena Tixe, quién fue una de las beneficiarias. Voluntarios expertos en el tema, resaltaron las bases de la construcción de huertos tomando en cuenta el consumo del compost y de las rotaciones de cultivos, para fomentar huertos sustentables en la comunidad.

 

La vivienda es el comienzo

La vida de Luis Antonio Rodriguez Castro, de 74 años, siempre fue dura. Desde su niñez no pudo terminar la educación básica y sufre de una discapacidad física y mental impidiéndole tener un trabajo fijo, acentuando así su pobreza. Durante 50 años, en el barrio San Francisco de Miravalle, en Quito, vivió en una casa de paredes de madera y techo de lata con goteras. Este barrio no cuenta con agua potable ni otros servicios básicos, complicado aún más la vida de Luis.

TECHO construyó una vivienda de emergencia conjuntamente con los vecinos de Luis Antonio, en Octubre del 2013, brindándole más seguridad y comodidad. Se sumó a este proyecto individual un ciclo de intervención en el barrio San Francisco de Miravalle mediante Mingas comunitarias y Talleres de cultivo para promover la organización  del barrio y  brindar una mejor calidad de vida a Luis y a su comunidad.