TECHO
23 agosto, 2017

Historia

 La historia de TECHO-Chile comenzó en Curanilahue en 1997, cuando un grupo de jóvenes que participaba por tercer año en misiones universitarias trabajó en el levantamiento de una mediagua adaptada para servir de capilla.

En palabras de Felipe Berríos SJ, principal gestor de estos primeros trabajos, la construcción provocó una revolución y un cambio de óptica que les brindó la oportunidad de una relación diferente con la gente del lugar. Al trabajar junto a ellos se produjo un diálogo profundo y espontáneo, un intercambio de igual a igual que era distinto a lo logrado en los tradicionales trabajos voluntarios.

Berríos explica que, si tenían contactos, recursos y posibilidades de construir una mediagua como capilla junto a quienes vivían hacinados, también podrían construir con ellos sus propias viviendas y cambiarle el rostro a una gran parte del país. A tres años del nuevo milenio, la sociedad chilena se preparaba para celebrar la llegada del año 2000 con grandes fiestas. Era la oportunidad para darle un sentido distinto a esa fecha, y fue así como este grupo de voluntarios comenzó a involucrarse con una nueva dimensión de la pobreza.

La realidad chilena estaba enceguecida con la prosperidad de los años 90 y era desconocida para la mayoría del país. Chile había recuperado la democracia y llevaba casi una década de crecimiento económico sostenido de un 7 %, lo que había permitido reducir entonces la pobreza de un 50% a casi un 18%. En ese ambiente, en que soberbiamente Chile se autoproclamaba como “el jaguar de Latinoamérica”, quienes todavía vivían en la pobreza eran completamente ignorados. Se hablaba de las “poblaciones callampas” como cosa del pasado, por lo que fue necesario mostrarlas a la sociedad y rebautizarlas como “campamentos”.

En ese minuto nadie podría haber previsto lo que llegaría a ser el Techo, pero comenzaron a verse los primeros cambios. Los universitarios que se involucraban con la pobreza nunca más fueron los mismos: su vida adquirió un sentido distinto, se sentían responsables de su país, conocían su ciudad de otra manera, incluyendo los barrios periféricos. Tenían amigos nuevos que tal vez antes habrían mirado con miedo y con sospecha, pero ahora sabían que era gente digna, organizada y que no pedía regalos, sino oportunidades.

También los pobladores cambiaron. Dejaron de decirles “tíos” a los jóvenes y comenzaron a llamarlos por sus propios nombres, como parte de un trato horizontal y natural. Fueron tomando un rol cada vez más activo: ya no eran sujetos de los proyectos del Techo sino que actores de un proyecto común. Se organizaron en reuniones llamadas mesas de trabajo y se hicieron protagonistas de su propio destino. Esto no sólo era reconocerles su dignidad, sino que también les permitiría salir de la pobreza de manera sustentable. Conscientes del desafío que tenían, todos los dirigentes se reunieron en una organización a nivel nacional, con reconocimiento legal, llamada: “Corporación de Dirigentes También somos chilenos”.

En julio de 1999 la mediagua número 2000 recibía sus últimos clavos. De la mano de una fuerte visibilización de la iniciativa llegaba el nuevo milenio y, junto con él, nuevas ideas. En ese momento comenzó la sistematización de todo el trabajo, y sólo durante el año 2000 se construyeron 10 mil mediaguas.

En el año 2001 hubo un terremoto al sur de Perú y meses después otro en El Salvador. Movidos por el empuje de la juventud y por una solidaridad sin fronteras, el Techo saltó a estos dos países y de ahí a todo el continente.

“En el año 2003 se convocó a todos los representantes de los diversos países en que se decía que estaba presente el Techo. En esa reunión el Capellán planteó cuál era el origen e inspiración que nos permitiría ser pluralistas. Se estableció que tendríamos un nombre y logo común debidamente registrado que nos identificaría, un marco jurídico al cual atenernos para formalizarnos; un control de los dineros, pues nuestra transparencia y credibilidad era nuestro capital; un mismo modo de proceder que implicaba involucrarnos con la pobreza por medio del trabajo concreto de la construcción de una vivienda de emergencia; que a diferencia de otros grupos nuestra protesta sería nuestro trabajo, y que tendríamos un producto único que era la mediagua. Para todo esto se formarían oficinas en cada país con jóvenes locales que supieran adecuar los principios a la realidad de su país; pero al mismo tiempo la unidad de todos sería nuestra fuerza.”, afirma Felipe Berríos en Un Techo para Latinoamérica.

Esto derivó en un convenio de Fortalecimiento Institucional con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), lo que permitió la expansión de la Habilitación Social en Argentina, Uruguay, México, El Salvador, Perú y Colombia.

En 2006 se abrieron las primeras oficinas de Un Techo para mi País en Costa Rica, Argentina, Uruguay, Perú, Colombia, El Salvador y México.

En 2007 se inició en Brasil, y al año siguiente se amplió a Guatemala, Paraguay, Ecuador, Nicaragua y República Dominicana. En 2009 se abrieron las oficinas de Bolivia y Estados Unidos, y en 2010 se extendió a Haití, Honduras, Panamá y Venezuela.

El nacimiento del área de Vivienda Definitiva en 2006 marcó el primer paso hacia las soluciones habitacionales definitivas para las familias de campamentos. Años más tarde, con el sueño de “Un 2010 sin campamentos”, la organización continuó trabajando por solucionar la compleja problemática de estos asentamientos.

La realidad demostró que si bien Chile ha crecido como país y la pobreza ha disminuido,  las profundas desigualdades han hecho que miles de familias, de 2011 hasta hoy, hayan decidido irse a vivir a campamentos. Hoy son más de 38 mil familias las que viven en esta situación, cifra que sigue aumentando año a año.

Por eso, TECHO-Chile trabaja con intervenciones en campamentos de Arica a Los Lagos, con mesas de trabajo que reúnen a dirigentes de la comunidad, voluntarios y profesionales para resolver de manera colectiva los distintos problemas que afectan a la comunidad.

El gran objetivo es que las familias mejoren su calidad de vida y opten a una vivienda definitiva, en un barrio que les permita compartir en comunidad y que en el que, por supuesto, tengan acceso a servicios básicos, salud, educación y transporte. De 2007 hasta hoy, TECHO-Chile ha entregado viviendas definitivas a 7.101 familias que no contaban con un lugar adecuado para vivir.