TECHO
21 enero, 2018

Manantiales de la Paz: Una nueva ciudad

*Santiago Loaiza es autor de esta columna y voluntario del equipo de TECHO en Medellín. Santiago pasó las fiestas de fin de año, compartió con ellos y plasmó en su proyecto “Los hijos de Manantiales de la Paz: una nueva Navidad” cómo viven y comparten las familias del segundo asentamiento más grande del país. A continuación, un fragmento de su trabajo fotográfico y documental.

Colombia es el país con más desplazados internos del mundo. Hasta el año 2013 entre 4,9 y 5,9 millones de personas han sido desterradas de las zonas rurales del país, donde el conflicto armado se apropia de las tierras y no deja vivir. La mayoría de estas personas buscan lugar en las periferias de las grandes ciudades, donde conviven con dinámicas distintas a las que acostumbraban en el campo, y hacen simbiosis una gran cantidad de culturas en un pequeño territorio. Manantiales de Paz es uno de estos asentamientos, en el Valle de Aburra, un conjunto de viviendas edificadas por sus propios pobladores, donde todos dicen que es imposible construir.

Manantiales de Paz es el segundo asentamiento más grande del país habitado en su mayoría por personas desplazadas por el conflicto, debido a esto, la navidad, una época de reencuentro como la definen algunos, se fragmenta en múltiples formas de vivirla por la pluralidad de culturas que hay en un mismo espacio. En la época navideña todos esos focos se iluminan de diversos colores y cada zona tiene una forma particular de celebrar diciembre.

Llega diciembre y la rutina cambia. Lo que hace interesante más que al territorio, a las personas que lo habitan, por estas fechas, es la confrontación con su pasado, por que ser desplazado es volver a nacer en otra parte, es tener otros amigos, otras creencias y otras aspiraciones, pero no pasa lo mismo con las costumbres, que son las que hacen resistencia y generan un ambiente de nostalgia, una confrontación entre el presente y el pasado.

Darío, habitante del asentamiento, es la fiel muestra de la pugna: “Yo en el campo era pobre pero lo tenia todo, aquí soy pobre pero no tengo nada”. Es como si mandaran a vivir a un ave al fondo del mar, así sin mas. Fin de año, por su parte, es el escenario de la confrontación: muchos habitantes de Manantiales de Paz esperan en la terminal de transporte un bus que los lleve al pueblo que los vio nacer mientras que otros esperan a sus familiares que llegan de las distintas zonas rurales del país.

Esta pluralidad de culturas y esta dicotomía se exhibe entre medio de los árboles de navidad y casas iluminadas. Mientras muchas familias dejan sus viviendas quedan desiertas durante este mes para a visitar los pueblos desde donde una vez fueron desterrados, otras, en cambio, se visten de luces y reciben a familiares que vienen de las zonas rurales a visitar la ciudad. Los niños reciben regalos que donan cantidad de fundaciones. Los hijos de Manantiales de Paz reciben con gran ternura esta época, muchos de ellos han pasado ya varias navidades en este asentamiento, como parte de la base de lo que será su futuro, allí tienen toda su vida y muchos de ellos ni siquiera conocen la ciudad, aparte de verla diariamente como una cantidad de edificaciones debajo de la montaña o como focos que se confunden con estrellas cuando anochece.

Es la situación del desplazamientos la que reúne a la comunidad que autónomamente construye escaleras de acceso, tuberías de agua no potable y desagües, sin ningún tipo de intervención estatal.

Los residentes de Manantiales de la Paz cada vez quieren derrumbar más ese muro que los separa de la urbe, que se evidencia en el limite de las calles pavimentadas y el camino de tierra que dificulta el acceso de las ambulancias, los bomberos, la policía y personas discapacitadas, que inevitablemente excluye a la población que vive del camino de tierra hacia arriba y los restringe de sus necesidades básicas, y cuando llueve, la tierra se convierte en lodo y limita el acceso y la salida de cualquier persona.

La historia seguirá su curso y la construcción de estos nuevos barrios, enriquecerá culturalmente a las ciudades. Basta ver a las nuevas generaciones para entender cómo esa confrontación entre el pasado y el presente, converge en un futuro no muy lejano y el esfuerzo de estas comunidades por alcanzar una mejor calidad de vida recae sobre los niños que mañana serán los ciudadanos de esa nueva ciudad.