TECHO
17 julio, 2018

El desafío de la solidaridad horizontal para Latinoamérica

Recuerdo hace unos años, un evento que cambió para siempre mi concepción de la palabra solidaridad. Fue en el año 2008 en Guatemala. Estaba  construyendo una vivienda de emergencia como voluntario del TECHO a una familia muy pobre. Ya habiendo terminado la casa y después de dos días completos de compartir cada momento de la construcción con esa familia, vi a Justo, el dueño de casa, llorando en una esquina. Me acerqué para preguntarle si lloraba por lo que significa para él tener una nueva casa, seguro en mi interior que su respuesta sería afirmativa, pero para mi sorpresa me respondió que no. Que no era eso lo que lo tenía así.

Justo me dijo que lo que lo tenía así de emocionado era haber compartido durante dos días con un grupo de jóvenes que vinieron a conocerlo, a preguntarle quién era, qué le gustaba hacer, qué sueños tenía para él y su familia. Que no había sido como el resto de las veces en que venía gente de afuera a regalarle algo sin siquiera interesarse por los aspectos más básicos de su vida. Me dijo que esto lo hizo sentirse vivo nuevamente.

Recuerdo este evento en el Día Internacional de la Solidaridad (1), que celebramos hoy, y me lleva a plantear algunas preguntas: ¿Qué rol tiene hoy este concepto dentro de nuestra sociedad Latinoamericana? ¿Qué oportunidades tenemos de superar la pobreza a través de su buena comprensión y práctica?

Habitualmente la palabra solidaridad se utiliza cuando hablamos de ayudar a alguna persona o comunidad, que en algún aspecto presenta mayor debilidad que nosotros y que por lo general se demuestra en su falta de capacidades para satisfacer sus necesidades más básicas. Es un concepto que, al menos en su concepción más común, dibuja un halo de verticalidad. La solidaridad se manifiesta desde los más aventajados a los más vulnerables, tendiendo a poner a los primeros en una posición por sobre los otros. Este es el uso que como sociedad le hemos dado a la palabra, alejándonos de su verdadera raíz, la cual habla de un acto en el cual se enlazan los destinos de dos o más personas, lo que asume un compromiso de cada una de estas personas, por un objetivo en común. Por lo que podríamos concluir que la comprensión habitual de la sociedad sobre este concepto, se ha ido alejando de su verdadero significado.

Debiéramos pensar si justamente esta forma de comprender la palabra, alienta de alguna manera la misma vulnerabilidad que pretendemos superar. Hoy en día, el desafío radica en cambiar nuestra concepción y empezar a pensar en la solidaridad como algo que se debiera manifestar desde todos para todos. Todos somos vulnerables en algunos aspectos de nuestras vidas y fuertes en otros, por lo que necesitamos del apoyo de otros para fortalecer nuestras mayores falencias, así como de nuestra voluntad y disposición para ayudar a otros a superar sus mayores vulnerabilidades.

En el TECHO hemos aprendido que no hay mejor forma de lograr esto que trabajar de igual a igual y hombro a hombro en conjunto a otros para solucionar un problema. Eso es comprometerse realmente con algo.

Cuando aprendemos a mirar a los otros como pares, que poseen los mismos derechos y deberes que nosotros y descartando de esta relación el factor ingreso o las capacidades de adquirir bienes materiales como único factor relevante, la forma de relacionarnos cambia.

Cuando aprendemos a mirar a los otros como pares, con iguales derechos y deberes, nos comienza a afectar su realidad y nos ponemos en plan de hacer algo para ayudarle a mejorar su condición. Dejamos de aceptar a la pobreza como una condición natural de la sociedad en la que vivimos y comenzamos a verla como una condición superable y que debe ser erradicada de forma urgente.

Tal vez la solidaridad a la que estamos llamados hoy en día radica en empezar a mirar a todos y todas como personas con iguales derechos y deberes que yo, y tratarlos como tal. De esta forma sin duda nos dejaremos afectar por la condición de pobreza y exclusión en la que vive cerca de un tercio del planeta, y querremos hacer algo para cambiarla. Pero no cambiarla sacando algo de nuestro bolsillo, sino dejando parte de nuestro corazón; una parte que nos comprometa y no nos libere de esa responsabilidad. Eso fue lo que emocionó a Justo y le hizo sentir que aun estaba vivo.

Alguien dijo que “la unión hace la fuerza”. Hoy al menos podemos asegurar que la segregación nos ha convertido en una sociedad débil, llena de miedos y enfermedades; la pobreza es una de ellas.

Hoy la solidaridad nos llama a integrarnos. A buscar lo que nos une, dentro de un sistema caracterizado por segregarnos en base a todo lo que nos separa; desde ideologías políticas y religiosas, hasta ubicación geográfica y capacidad de consumo. Cuando nuestras relaciones se basan en la horizontalidad y el respeto, esa integración fluye de manera natural.

Tal vez cada uno de nosotros debiera preguntarse: Qué entendemos por solidaridad y en qué momentos la ponemos en práctica. Si ese significado que le damos, ayuda realmente a combatir las injusticias que hoy se dan a vista y paciencia de todos, y nos lleva a tomar acciones concretas por acabar con ellas. Si no es así, tal vez debiéramos animarnos a buscar su verdadero significado y ponerlo en práctica en nuestras vidas. De esta forma lograremos que no haya más “Justos” que se sorprendan por ver a un grupo de personas trabajando junto a él por un mismo sueño.

*** Columna escrita por Agustín Wolff, Ingeniero Comercial, mención en Economía, de la Universidad de Chile. Ex voluntario y actual director social de TECHO para Latinoamérica y el Caribe.

(1)***El 31 de agosto se fijó como la fecha en la que se conmemora el nacimiento del Movimiento social polaco por la Solidaridad, dirigido por el premio Nobel de la Paz, Lech Walesa. En noviembre de 2000 se propuso integrar este día para conmemorar el trabajo centrado en uno de los valores definidos por las Naciones Unidas dentro de su plan de metas para el Nuevo Milenio (resolución 55/2).