TECHO
21 enero, 2018

Menos vulnerables, menos pobres

Durante los últimos días, la prensa ha destacado la situación de la región latinoamericana respecto del desarrollo humano. Los más optimistas demuestran que el continente ha reducido en 56 millones la cantidad de personas que viven en pobreza; las alarmas se enfocan en las 200 personas que aún viven en riesgo de caer en esta situación. Las posiciones demuestran que la dimensión económica es insuficiente y que es necesario expandirla hacia el desarrollo.

Ninguna de estas aristas es falsa. Es más, son la base que proyecta la publicación el último Informe de Desarrollo Humano del PNUD. El reporte develó junto con su presentación que América Latina es la región con el Índice de Desarrollo Humano Promedio más alto, que choca directamente con su status de líder en desigualdad mundial. Algunas preguntas rápidas serían entonces, ¿quién concentra ese desarrollo entonces? ¿Estos 56 millones de personas que salieron de la pobreza, lo gozan también?

En un continente desigual como Latinoamérica, quienes viven en pobreza, pobreza extrema y vulnerabilidad tienen un factor común: la incertidumbre. Informalidad sobre el terreno en que se asientan, falta de protección en sus trabajos, redes de apoyo que entran y salen, educación incierta. Estos y mucho más factores se suman y acumulan a lo largo del continente.

Desde los más de 450 asentamientos con los que trabajamos, vemos todos los días cómo, una gripe, un incendio doméstico o un desalojo pueden dejar este desarrollo en cenizas. Técnicamente, en su mayoría serían parte de los 45 millones de personas en vulnerabilidad dentro de América Latina.

En la práctica, son quienes juegan a la cuerda floja todos los meses, sin saber si las transferencias económicas –medida de política pública implementada por excelencia en la región– les tocarán, o si estarán un dólar por sobre lo necesario para reivindicar parte de sus derechos. Son aquellos que muchas veces habitan en hacinamiento, en asentamientos informales desprovistos de los servicios más básicos y alejados de centros asistenciales, cuarteles de policía y bomberos.

Justamente es esta incertidumbre –entendida técnicamente como vulnerabilidad– la que no permite que parte de nuestra sociedad pueda desarrollarse al máximo de sus capacidades.

Ahora bien, la lógica indica que a la incertidumbre se le contrapone la certeza, la preparación y la posibilidad de contar con herramientas y capacidades para revertir situaciones desfavorables: la resiliencia.

En esta segunda posición se encuentra la comunidad, en un opuesto al personalismo. Una comunidad que los involucre a todos – niños, mujeres, ancianos, jóvenes, padres de familia- con sus distintas vulnerabilidades, pero que potencie las capacidades de cada uno para construir bases más sólidas para este desarrollo.

Hemos podido compartir el protagonismo con las comunidades que identifican sus problemas y los trabajan unidos proyectando ideales y objetivos comunes. Guiados por sus líderes comunitarios, y por voluntarios que no superan los 30 años, han trabajado en espacios comunitarios que hoy les permite a niños, jóvenes y adultos tener un lugar de recreación y encuentro. Juntos, han descubierto el efecto multiplicador que esto implica y que resulta clave para desarrollar procesos adecuados que impacten en todos los grupos vulnerables de la comunidad.

Miembros de estos asentamientos han potenciado sus habilidades a través del intercambio de conocimientos a través de talleres de aprendizaje popular y en países como Chile, Uruguay y Argentina, han ideado planes de trabajo para regularizar sus terrenos y traer servicios básicos hacia sus hogares.

En la medida en que existen redes y que entendamos nuestra interdependencia como ciudadanos, esta resiliencia se fortalece y, en vez de separarnos, nos une. Al contrario de crear un desarrollo desigual, potencia un enfoque en el que todos nos involucramos en el porvenir de nuestras sociedades.

Así, mientras los índices tranquilizan, alarman, persuaden, las experiencias pueden generar los motores y este desarrollo que esperamos, para que nadie quede atrás.

*Columna publicada originalmente en el blog 3.500 millones de El País.

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