TECHO
20 enero, 2018

La violencia que empobrece a Latinoamérica

Desde 1960, cada 25 de noviembre recordamos cómo fueron asesinadas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, hecho que conmocionó a toda la comunidad internacional al evidenciar los abusos, torturas y encarcelamientos injustos de las que fueron víctimas, y que finalmente condujeron a la caída de la dictadura del dominicano Rafael Leonidas Trujillo.

La relevancia del crimen cometido contra estas activistas tomó tal proporción que a partir de 1999, las Naciones Unidas lo determinó como el Día Internacional de la No Violencia contra la mujer.

Las hermanas Mirabal son el ejemplo de una mujer que lucha con amor, convicción y valentía para defender los derechos humanos, capaz de romper las barreras que socialmente las somete a un papel más expectante que protagónico, y que tiene una energía inagotable para asumir las causas de su pueblo.

A pesar de esto, es reiterante cómo se violenta a la mujer por el simple hecho de serlo; además de la constante agresión física y verbal de la que históricamente han sido víctimas, se les limita su capacidad de acción, se ignoran sus logros, se desvalidan sus argumentos, se les margina a un oficio (cocinera, doméstica, secretaria, entre otros) y se les prohíbe estudiar, administrar el dinero o tomar sus propias decisiones.

En nuestro trabajo continuo en los asentamientos más vulnerables de latinoamérica, vemos cómo este tipo de situaciones se repiten y se agudizan. Estos lugares, que son generalmente olvidados, reflejan las heridas más profundas de nuestra sociedad donde los efectos de este tipo de actitudes fomentan la exclusión y la vulneración de derechos que allí se viven.

Asentamiento en Baní, República Dominicana.

Sin embargo, desde estos mismos espacios vemos cómo las mujeres se levantan pese a las dificultades para construir una ciudadanía más activa hacia sociedades más justas y humanas. En República Dominicana, el mismo país las hermanas Mirabal dieron la vida por un porvenir democrático en su país, hoy Ramona Luisa Figueroa, del asentamiento Cruce de La Jagua, dedica su tiempo a la movilización de su comunidad para trabajar por el bien común.

Casa a casa, alarmó al resto de sus vecinos ante la posibilidad del desalojo de uno de ellos y juntos, acompañados de su liderazgo, lograron evitar el desarraigo. Ramona también ha buscado nuevos espacios de participación para que cada uno de sus miembros cuente con una vivienda más firme así como también para que los niños cuenten con espacios comunes que les permitan desarrollarse con libertad.

Es importante eliminar cualquier forma de violencia contra las mujeres, no sólo por el respeto que merece cualquier ser humano, sino porque hemos evidenciado el rol activo que ellas para el desarrollo de liderazgos en sus comunidades, que llevan a la construcción de tejido social y a la participación de sus pobladores para la generación de soluciones a sus problemáticas.

A ellas -la mitad de la población mundial- históricamente les hemos vulnerado históricamente. Para alcanzar la sociedad que buscamos construir, más justa y menos desigual, es imperativo que multipliquemos los espacios en donde podamos desarrollar su liderazgo, uno que inspira, motiva, da esperanza y cohesiona.

** Columna escrita por Andrés Salazar, director social de TECHO- República Dominicana.