TECHO
25 abril, 2018

La indiferencia que violenta a Latinoamérica

El gran filósofo australiano Peter Singer, viene planteando una tesis que yo comparto plenamente. Singer sostiene que si uno de nosotros caminara por la playa y viera a corta distancia a un niño ahogándose, correría sin dudarlo a rescatarlo o al menos a pedir ayuda. Y que si alguien no lo hiciera, sería repudiado por todos nosotros.

Pero Singer sostiene que hacemos eso mismo, todos los días, y sin remordimiento de conciencia. ¿Cómo? Claro, sabemos por cifras oficiales de UNICEF que casi 20.000 niños mueren cada día producto de enfermedades fácilmente prevenibles, fundamentalmente porque no cuentan con acceso a agua potable y a medicinas de manera oportuna. Y que además sabemos que si donáramos parte de nuestros ingresos que gastamos en cosas superfluas, podríamos evitar la muerte de uno o varios niños. Pero no lo hacemos. Y como Singer es un filósofo consecuencialista (aquél que evalúa la moralidad de nuestros actos por sus resultados), no hace mayor diferencia entre los dos casos anteriormente descritos.

Uno podrá discutir la teoría de Singer y sería interesante que lo hiciéramos. Pero el punto que quiero hacer es el siguiente: que debemos llamar la atención a que es tan pernicioso hacer algo malo, como no hacer algo bueno que está en mí hacer. Como personas y como sociedades no hemos calibrado realmente la gravedad moral de las omisiones que cometemos todos los días. Son tan perjudiciales, al final del día, como las acciones derechamente malas que podamos cometer.


Hace un mes atrás en Santiago de Chile, dos niños, de 7 y 5 años, murieron atrapados en el fuego que destruyó su vivienda en una villa de viviendas sociales construidas en los años 90. No es la primera vez que un incendio ocurre en ese sector, ni será la última, pues los incendios siempre pueden ocurrir. Pero en ese lugar matan. Y por una razón muy simple: ese gran sector, que agrupa a más de 120.000 personas, no tiene ni un solo cuerpo de bomberos. Eso se sabe, pero nadie hace nada. No es que hayamos provocado el incendio, pero no estamos haciendo nada para evitarlos. Si no aseguramos que una población como ésa tenga un cuerpo de bomberos cercano para que su llegada realmente sea oportuna y salve vidas, nuestra negligencia es culpable.

Esta situación se reproduce en todos nuestros países latinoamericanos y del Caribe. La indiferencia mata más que los asesinatos. La indiferencia es nuestra mayor enfermedad. Hace unas semanas también un incendio acabó con las vidas de toda una familia en Uruguay. Ocupó espacios en algunos periódicos, distintas personas declararon su pesar, pero no estoy seguro que comprendamos realmente que los más pobres no pueden esperar. Que cada día que pasa hay gente que muere por nuestras omisiones.

Para el mundo cristiano, una de las historias que más describen el corazón de lo que se cree, es la parábola del Buen Samaritano. Cuenta la historia de un hombre que fue asaltado y golpeado brutalmente por sus agresores, dejándolo medio muerto en el camino. Que luego pasó cerca de él un sacerdote, lo vio, y pasó de largo. Que luego vino un hombre sabio, lo vio, dio un rodeo, y siguió. Que finalmente pasó un samaritano, un hombre común y corriente, lo vio, sintió compasión (que etimológicamente es que “las entrañas se movieron”), se detuvo, curó sus heridas y se hizo cargo de él.

Esa historia es una invitación para todos, creyentes y no creyentes, para preguntarnos individual y colectivamente qué estamos dejando de hacer concretamente todos los días ante el sufrimiento y violencia que la pobreza infringe todos los días en nuestros países. Y si estamos dispuestos a dar un paso de responsabilidad, no conformándonos solo con evitar hacer lo que está mal y jugarnos con hacer el bien que está en nuestras manos hacer.

Columna de Cristián Del Campo, Capellán de TECHO.