TECHO
21 julio, 2018

¿Qué independencia conmemoramos en Centroamérica?

192 años han transcurrido desde la firma de la independencia en la región centroamericana. Año con año, durante el mes de septiembre: catrachos, nicas, ticos, chapines y salvadoreños (1) vivimos los preparativos de nuestras fiestas patrias. Millones de personas salimos a las calles, parques y sitios emblemáticos a cantar con orgullo nuestro himno nacional, marchar por las avenidas, colgar alguna bandera o símbolo representativo, y nos disponemos, sin enfocarnos a cuestionar la relevancia de la fecha.

¿Qué es lo que en realidad se celebra el 15 de septiembre en nuestro pequeño istmo centroamericano? ¿Celebramos, por ejemplo, la liberación intelectual de las personas producto de una educación de alta calidad?, o ¿acaso celebramos las excelentes condiciones de vida de nuestras familias y compatriotas a raíz de éstos acontecimientos relevantes?; o mejor aún ¿Celebramos el respeto a la diversidad étnica y cultural, respetando y aprendiendo las distintas concepciones de desarrollo en un ambiente de igualdad y libertad? ¿Nuestra independencia nos hace acaso, más libres de desarrollarnos como seres humano y como comunidad?

Lastimosamente no es así. No son precisamente esas naciones las que celebramos cada año. Este panorama se refleja, en parte, en los preocupantes índices de desarrollo humano que describen la difícil realidad que vivimos en nuestra región, donde Guatemala, Honduras y Nicaragua se encuentran compitiendo por los primeros lugares del continente.

Se deja entrever también en la débil institucionalidad de nuestros gobiernos, en la fragilidad de nuestras democracias y los intereses de un porcentaje mayoritario de nuestras clases políticas. Se refleja en las grandes brechas de desigualdad que ponen en evidencia la enorme riqueza de nuestra franja y las grandes injusticias que prevalecen.  Se manifiesta en el empobrecimiento de nuestros pueblos y en su exclusión de la vida política, donde ni siquiera, son tomados en cuenta para aportar en la construcción de políticas públicas destinadas a atender sus propias necesidades.

¿Es viable entonces, cuestionar la independencia de la región centroamericana desde la perspectiva de las millones de personas cuya verdadera liberación aún continúa pendiente? ¿Es oportuno decir entonces, que una verdadera independencia implica la materialización del derecho de los pueblos a la autodeterminación y del ejercicio legítimo de ser partícipes de la construcción de su presente y su futuro dentro de un esquema democrático?

La región centroamericana es una nación antagonizada. Paradójicamente, un territorio rico y hermoso que emergió parcialmente de la profundidad del mar hace 50 millones de años y terminó de constituirse hace tan sólo 10 millones de años. Su diversidad biológica es impresionante. La riqueza de la tierra y su bondad para el cultivo de variados vegetales y frutas, habla de la generosidad de la naturaleza en una región donde crecen alimentos sin que intervenga la mano del hombre y la mujer. Su gente es maravillosa, con un particular calor humano y una amabilidad única, que peligra en un contexto marcado por la violencia y la inseguridad que, de a poco asfixian el escaso tejido social que aún nos queda.

¿Cómo hacemos entonces para que la celebración de la independencia pueda llevarnos al reconocimiento de los efectos de la conquista y los tres siglos de colonización que se vivieron posteriormente en el territorio? ¿Cómo hacemos para que nos lleve, como ciudadanos centroamericanos y ciudadanas centroamericanas, a cuestionar nuestras costumbres? Propongo, por ejemplo: la desvalorización de las personas, las desigualdades sociales y las deudas pendientes que siguen perpetuando las condiciones de vida de las mayorías?

Necesitamos (re)conocer nuestra identidad, sacarla de losestadios de fútbol y encontrarla en las comunidades, en los barrios, en los parques, en las escuelas, en las universidades, en las instituciones públicas, en las empresas privadas. Necesitamos reconstruir nuestra historia, incorporarle valores como la igualdad y la dignidad humana, el respeto a la diversidad (que es patrimonio de la humanidad), el ser solidario y el sentido de lo colectivo.

Para eso, necesitamos, sobre todo, reflexionar. Pensar y actuar.

Solo así podremos reconocernos como hermanos y hermanas, comprender losparadigmas que nos dividen, y comprometernos en la búsqueda de nuestra propia conciencia, una más empática y más humana, que despierte en nosotros una verdadera independencia. Una que garantice la liberación de todos;  no para tener más, sino para vivir la vida en PLENITUD.

*Columna escrita por Andrés Cano, Director Regional de TECHO para Centroamérica.

(1)Gentilicio coloquial para los hondureños, nicaragüenses, costarricenses, guatemaltecos, y salvadoreños, respectivamente.