TECHO
21 julio, 2018

#historiasTECHO: Yo, voluntario

*Agustín Wolff es  el autor de esta columna. Desde 2012, trabaja como director social de TECHO.

Hace unos 10 años me encontré por primera vez con la pobreza y la exclusión en su máxima expresión. Fue en la ciudad de Calcuta donde yo estaba recorriendo como turista. Durante un par de semanas realicé un voluntariado en una de las casas de la Madre Teresa y, camino a ese lugar, día tras día pasaba por uno de los asentamientos más vulnerables que he visto en mi vida. Me impactó mucho el ver que había cientos de miles de familias que debían sobrevivir todos los días a condiciones tan precarias y completamente indignas para cualquier ser humano. Este primer encuentro me hizo consciente de los altos niveles de pobreza y desigualdad que existían en este mundo, así como de que era necesario hacer algo al respecto de manera urgente.

Al año siguiente regresé a Chile, donde claramente no esperaba encontrar niveles de vulnerabilidad tan profundos como los que había visto en India. Para mi sorpresa, sí los había. Un amigo me invitó a participar durante una semana de la construcción de viviendas de emergencia al norte con la organización Un Techo para Chile.

Durante esa semana construí con tres familias diferentes. Lo más importante de esa experiencia, fue que pude conocer a fondo la historia de esas personas, sus mayores anhelos y preocupaciones. De estas tres familias no solo me guardé una profunda indignación por las condiciones en que vivían, sino que grandes aprendizajes sobre su forma de vivir.

Aprendí de su generosidad, que pese a tener muy pocos recursos y al poco tiempo de conocernos, compartieron con nosotros la poca comida que tenían ,nos hicieron regalos personalizados a cada uno y hasta se abrieron a contarnos sus historias, cuando a mí me costaba tanto compartir lo mucho que tenía y menos me animaba a contarle a un desconocido los defectos y virtudes de mi vida.

Pude rescatar de ellos la forma alegre de ver la vida y su fortaleza y simpleza para enfrentar problemas tan graves como no tener suficiente alimento para sus hijos, cuando yo me amargaba y complicaba ante problemas tan insignificantes como sacarme una mala nota en la universidad. También aprendí la importancia de compartir su vida con otros, de depender y aportar a otros con lo que uno puede entregar. Es decir, de vivir en comunidad.

Es increíble el efecto que tiene el trabajar junto a otros en actividades como ésta. Nos abrimos completamente a conocernos y compartir unos con otros, quitando de nuestra cabeza cualquier prejuicio que hubiéramos traído a ese lugar. Solo de esta forma pude dejar de mirar la pobreza como un sujeto en sí mismo que hay que exterminar, sino que la empecé a ver a través de las historias de esas personas que la sufren cada día. La pobreza no son números ni datos estadísticos; son seres humanos iguales a nosotros.

A través de esas 3 primeras historias y de las muchas otras que fui compartiendo en los 8 años que llevo en TECHO, entendí tres cosas que a mi parecer son fundamentales. Para avanzar en este camino de terminar con las injusticias y desigualdades que tienen a miles de millones de personas en el mundo viviendo en situación de pobreza, destaco, en primer lugar, que las causas y consecuencias de la pobreza son las mismas en todas partes. Si bien la crudeza en la que vivían las familias en India puede ser a primera más impactante que las que me tocó conocer en Chile, la exclusión y la vulneración sistemática a sus derechos más fundamentales que sufren a diario estas personas es la misma, solo que en contextos diferentes. Luego, cuando salí de Chile y empecé a recorrer los asentamientos del resto de Latinoamérica pude constatar que esa crudeza tampoco era tan diferente.

La segunda, es que es fundamental confiar en las personas y vernos como iguales, vivan donde vivan, hayan tenido cualquier nivel de educación, profesen cualquier religión o tendencia política, todas las personas merecen nuestro respeto y nuestra confianza; así como nosotros merecemos la del resto. Debemos dejar de mirar a quienes viven en pobreza como personas que no pueden salir adelante por su propio esfuerzo o que no tienen nada que entregar y que necesitan de nuestra caridad para resolver “su” problema. De hecho, las cosas más importantes que he aprendido en mi vida, las he aprendido junto a estas personas. Esto no es un problema de unos que se resuelve a través de la caridad de otros; Esto es un problema de todos y debemos resolverlo todos juntos.

Estas historias cambiaron mi vida. Me siento profundamente agradecido de haber tenido la suerte de conocerlas y trabajo todos los días para que cambien la vida de muchos más.

La tercera cosa que aprendí, es que es necesario recordar estas historias, reflexionar sobre ellas, aprender de ellas y compartirlas con otros, para que ese aprendizaje se vaya multiplicando. Así como la sociedad debiera aprender de su historia para no cometer los mismos errores y replicar las experiencias positivas, como individuos debiéramos aprender de las historias que hemos vivido. De esta forma, no solo vamos conociendo mejor el mundo en que vivimos y a las personas que lo viven junto a nosotros, sino que también nos vamos conociendo a nosotros mismos. Vamos entendiendo la forma en que nos vemos afectados por lo que nos rodea, así como de las reacciones que tenemos ante las mismas. De esta forma, vamos creciendo y mejorando y entendemos la importancia de vivir al servicio de nosotros mismos y de los demás.

En TECHO, durante estos 17 años trabajando, hemos vivido más de 100.000 de estas historias. Todas estas historias que hemos vivido junto a otros voluntarios y pobladores de asentamientos, de una u otra forma están cambiando la historia, nuestra historia, y es importante compartirlas para que no queden solo en un recuerdo, sino para que se mantengan presentes en nuestras vidas y de esta forma, sigamos transformando esta realidad. Los invito a compartir esas historias que han marcado sus vidas.

¿Quieres contar tu historia?

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