TECHO
21 enero, 2018

Andy Goldstein y “Vivir en la Tierra” desde el barro


¿Cuántos pasos tenés de la cocina a la cama? ¿Con cuántas personas dormís? ¿Cuántas cosas tenés juntas en el rincón de tu casa? ¿Tenés una bici, un peluche, tus documentos y las fotos familiares todo apilado? ¿si abrís la canilla, sale agua? ¿Soñaste con limpiar el piso de tu casa? ¿Recordás lo divertido que se sentía chapotear en el barro? No hay nada mejor que comer en la cama. ¿Y si la cama es la única mesa de tu hogar? ¿Dónde está el baño de tu casa? ¿En tu casa?

En estos tiempos de cemento y progreso. ¿Es posible que alguien viva en la tierra? Tomate un segundo. Mirá a tu alrededor. ¿Hay un relativo orden? ¿Tenés frío? Preguntate de nuevo: ¿es posible que alguien viva, en la tierra? ¿en el barro? No hablo de vivir DE la tierra. Sino vivir EN ella, sobre ella, estar condicionado en el día a día a la lluvia, al sol en el verano, al frío que entra por las chapas agujereadas de las casas. No hablo de si se puede vivir en el planeta Tierra, sino en medio del barro si llueve, en la tierra. Todos los días, todas las horas.

Me sumergí en un nuevo mundo como voluntario de TECHO. En 2009, hacía un año que estaba construyendo en distintos asentamientos de Buenos Aires. Me había acercado a realidades que hasta entonces solo oía. Había entrado en el mundo que hay después de mi puerta. Paralelamente, estaba la llegada de mi primer sobrino, Felipe. A veces es necesario que algo nos pase para empezar a verlo.

Yo empecé a ver a mi sobrino en los chicos de los asentamientos. Allí, descalzos, sin techo, durmiendo todos juntos en una cama, asumiendo que la lluvia moja y no basta con taparse, que el barro complica la ida a la escuela, y no alcanzan las ganas de estudiar. Allí estaban, asumiendo que enfermarse es un lujo que no se pueden dar si la ambulancia no puede entrar. Allí estaban, en el ritual continuo de acomodar los chiches en los pequeños espacios porque no hay dónde más. En las peripecias para ir al baño, sabiendo que es un pozo compartido.

Pienso y me resisto. No se debería aprender a gatear en el barro o en la tierra porque es el único piso que hay. Allí estaba Felipe, en cada uno. La increíble realidad del azar. ¿Qué diferencia a Felipe de alguno de ellos? Nada… y a la vez, todo. Felipe a veces elige jugar EN la tierra; aquellos chicos viven, duermen, juegan y comen EN la tierra. Y no eligen, porque no pueden.

Para mí, entrar al asentamiento fue un golpe de realidad. Al entrar, no se puede detener la vista en un solo plano. Todo es una imagen que se mueve y se modifica. Todo es la ausencia de las cosas que nosotros, los del mundo de estufa y pisos de cerámica, asumimos como naturales.

En estos años de voluntariado me ha tocado vivir con ésta realidad, pero también con la fuerza de los asentamientos. De una señora entusiasmada con encerar su primer piso, un niño barriendo su nuevo hogar, la división de los cuartos, el nuevo orden, la increíble sensación de realización.

La exposición de Andy Goldstein es una muestra de la realidad. Andy eligió no hacer posar a sus retratados. Todo es natural. Lo más natural posible. La cámara modifica, por eso es una muestra de realidad y no la realidad misma. En este caso, no existe el fuera de foco, porque la sensación que busca proyectar —y lo hace—es: “Esto me invade. Me invade la concepción que tengo del mundo hasta ese momento”.

¿Qué se puede dejar afuera de aquella habitación desordenada, con paredes repletas de cuadros, con la cocina al lado de la cama, con las cuatro sillas ocupadas por seis personas, los halos de luz que ingresan por el techo de chapa agujereado, el piso de tierra seca, crujiente y virgen, las miradas de olvido? Vos estás parado ahí, enfrente de todo eso. Y ellos te están mirando, también. Y todo eso que te invade para ellos es rutina. Ellos viven en la tierra.

Goldstein sostiene que la pobreza no discrimina. Y yo también. Que los hábitos son los mismos en Perú, Haití, Colombia, Chile o aquí en Argentina. Que a una jefa de familia se le ocurrió aislar su cama de la tierra con un ladrillo en Bolivia y de igual manera a otra familia, en Costa Rica.

Mi trabajo como voluntario en Fotografia me lo confirma. En los primeros años en TECHO cargaba con preconceptos, dudas, preguntas. Las fui sustituyendo por otras. Ellos son excluidos porque la pobreza no discrimina, nosotros, ¿Qué tipo de excluidos somos? ¿Cuántas veces preferimos quedarnos con nuestra idea de las cosas antes que confrontarlas con lo que sucede allá afuera? Tener un techo es un piso, solemos decir, porque es el comienzo de algo. El trampolín para animarse a más. Una nueva puerta que se abre. Para nosotros los voluntarios esa puerta nos lleva a conectarnos con situaciones ajenas a nuestro espacio/tiempo, a ellos les acorta la indiferencia, y a todos la brecha de desigualdad, y la exclusión, ya que no tener un hogar es excluir.

El registro Fotográfico de casi tres años hecho por Andy lo recuerda. Hay una simbiosis entre la muestra y la visión del voluntario. Es una representación artística de lo que vemos a diario cuando participamos. No hay sorpresa. Para quien visite la muestra y no sea voluntario, la experiencia será otra. Una muy parecida a la que tuvimos en nuestros primeros pasos: el acercamiento a una realidad que no conoces y la caída de los mitos. Es por eso que esta muestra es importante, porque aborda al voluntario desde lo empírico y al no voluntario desde lo antropológico. Conocer una realidad te hace más susceptible a querer enrolarte en ella y, como en este caso, modificarla.

Por ultimo tomate otro segundo y pensá otra vez en un asentamiento. Y si visitas la muestra sumale las fotos que Andy registró… Vuelvo a preguntar: ¿Por qué agradecemos que llueva? ¿Cuántos pasos haces desde la cocina a la cama? ¿Con cuántas personas dormís? ¿Soñaste con limpiar el piso de tu casa? ¿Recordás lo divertido que se siente chapotear en el barro? No hay nada mejor que comer en la cama. ¿Y si la cama es la única mesa de tu hogar? ¿Dónde está el baño de tu casa? ¿En tu casa? ¿Qué es vivir EN la tierra?

Está en el artista reflejar la experiencia de una sociedad. Está en otros vivir la experiencia de esa sociedad. Y en la sociedad está el trabajo de abarcar. De recoger a los que se caen. No asumir un rol es excluir y excluirte. Los que no están conectados con la realidad también son excluidos. Está en nosotros entender. Y para entender hay que participar, desde el lugar que nos toque.

Testimonio de Juan Meglio, fotógrafo y voluntario de TECHO en Argentina.