TECHO
18 noviembre, 2017

Hasta siempre, Galeano

Recordar:
Del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón.

Gius:
No podría en estos momentos ponerme a hacer el intento de reflexionar sobre todo lo que tus ideas han significado para las luchas de nuestra Latinoamérica. Sin lugar a dudas serán cientos los que a partir de este día, además de recordarte, pondrán bajo la óptica crítica tus ideas, tu arte y tus sueños. Lo justo. Tampoco te vas a salvar de los aduaneros de la literatura y del conocimiento, dedicados a poner fronteras a la creación.

No podría. Pero tampoco puedo dejar pasar este día sin recordar el camino que hemos recorrido juntos. Y que también has recorrido en el tiempo y espacio con miles de jóvenes latinoamericanos que nos apuntamos ilusionadamente a tratar de construir futuro.

Nos conocimos en la casa de Julius. Estábamos juntos algunos amigos y eran los tiempos entre el colegio y la universidad, en los cuales es normal que surja algún fervor por las consignas revolucionarias. Recuerdo cuando sacó un libro de un estante de la sala. Nos comentó que si teníamos alguna aspiración de ser revolucionarios, había que leer bien ese texto. “Las Venas Abiertas de América Latina”. Me señaló una frase precisa: “En América Latina resulta más higiénico y eficaz matar a los guerrilleros en los úteros, que en las sierras o en las calles”.

Meses después, lo encontré en la biblioteca de la UCA. Lo alquilé. Salí de la biblioteca y lo abrí: “Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”. Y para ese recién iniciado estudiante de las ciencias económicas fue una tempestad de economía política, escrita con una argumentación accesible y lleno de historias de todos los tiempos de nuestra región.

No podría decir que ese fue un momento de definición ideológica. De hecho, no creo que existan esos momentos aisladamente. Aunque sin dudas tuvo un papel importante en términos políticos. Lo que sí es cierto, es que a partir de entonces para mí, en mi universo de veintiún mil kilómetros cuadrados, se me presentaba agigantada nuestra Latinoamérica como un pueblo con historias y luchas compartidas. Comenzó a existir.

La historia de Potosí saqueada de plata y sangre para el derroche de una corona lejana. La metáfora del puente que llegaría desde la mina hasta la puerta del palacio. “El Rey Azúcar”. Y el intenso relato de la historia de ese pueblo latinoamericano, condenado por la división internacional del trabajo, en que unos se especializan en ganar y otros en perder.

Esa historia que algunos autores contemporáneos y otros perfectos idiotas latinoamericanos, desde los estantes frente a las cajas de los supermercados, se esfuerzan por vendernos libros que sugieren que le digamos “¡Basta!”. Como si no fuésemos nosotros mismos nuestra propia historia.

Devolví el libro con la felicidad de haberme encontrado con algo importante. Luego lo compré en la librería, dando inicio a la acumulación originaria de textos latinoamericanos.

Y así pasó el tiempo. Siguió la U, comenzó el voluntariado, el TECHO. Y también nos fuimos conociendo más. Días y Noches de Amor y de Guerra, que el tiempo me ha hecho olvidar. El Libro de los Abrazos con las crónicas de las ciudades latinoamericanas que comenzaba a conocer pero todavía no había visitado, y no imaginaba que lo haría. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata…

Años después, “El Fútbol a Sol y Sombra”, que no me cautivó tanto. “Patas Arriba”, que me lo leí prácticamente completo en alguno de los viajes en bus de San Salvador a Managua. Fue un buen reencuentro, aunque no lo catalogaría de histórico. Sí recuerdo especialmente aquella reflexión sobre la solidaridad, que es horizontal y se ejerce de igual a igual, mientras la caridad se practica de arriba-abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera un poquito las relaciones de poder. En esas estamos, habré pensado.

Avanzaban los tiempos y así me fui llenando de libros, ideas, reflexiones. De historias, de debates acalorados en los que recurrentemente aparecía alguna frase tuya. Y también de amigos y amigas de nuestra Latinoamérica. Fueguitos que arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende.

Aunque con el tiempo nos habíamos alejado. En esos días, cuando visitaba Uruguay, aprovechaba para preguntarle a quienes conocía si alguna vez te habían encontrado en alguno de los cafés que se dice que frecuentabas en ese Montevideo tan cercano, caminable dirías vos. Algunos pocos te habían visto con tus famosas libretitas en alguna esquina la “ciudad de los cafés”.

Estaba interesado en conocer sobre el modo de producción en Latinoamérica durante la colonia y me había inclinado por una visión crítica del pensamiento de Gunder Frank, uno de tus principales colaboradores para escribir Las Venas. Por un momento, pensé y expresé que sentía que el distanciamiento era definitivo.

Pero bueno, dicen que lo único definitivo es la muerte. Y ni eso, creo yo ahora. Fue así como alguien dejó olvidado en la casa “Los Hijos de los Días”. Como viejo conocido que sos, lo tomé para buscar directamente alguna referencia a Roque Dalton. Quizás por esa manía que tenemos los salvadoreños de siempre querer encontrarnos con algo nuestro en medio de toda la inmensidad que nos rodea.

Claramente allí estaba, el 10 de Mayo imperdonable. De los militantes criminales que matan para castigar la discrepancia. Esa puerta me sirvió para meterme más en el libro. “El día de la amistad” de Carlos Fonseca, el triunfo y juramento de Allende, el cubano yerno de Marx. Tanto tiempo, pensé con la felicidad de volver a ver a un amigo por un momento.

Fue por esos días que leí que en Brasil habías declarado fatalmente que no leerías de nuevo Las Venas. “No sería capaz de leerlo de nuevo, caería desmayado”, dijiste. La verdad es que no me sorprendió tanto. Aunque por algún extraño sentimiento de fidelidad, pensé que un autor verdaderamente libre no es dueño de su obra para poder borrarla. De todas maneras, sentía que estaba más cerca de compartir tu sentencia, no había vuelto a leer Las Venas. Por lo menos no como cuando nos conocimos.

En esas andaba, cuando un día de diciembre en Buenos Aires, me encontré con los tres tomos de “Memoria del Fuego”. Los nacimientos, a la Abuela Ester, que lo supo antes de morir. “Las caras y las máscaras”, dedicado a Tomás Borge, a Nicaragua. Esa que nos duele tanto al final de tus días. Y “El siglo del viento”, a Mariana, la Pulguita. Los hojeé detenidamente y, finalmente, con alguna esperanza, los compré.

Íbamos de camino a Córdoba cuando los comencé a leer. Y sin esperarlo, de nuevo como hace más de diez años, volvía a sentir ese impacto que causa el remolino de la historia latinoamericana. Cada vez que avanzaba en las páginas, me envolvía más en nuestra región, nuestros países, nuestras personas, nuestros pueblos e iba sintiéndome orgulloso de haber nacido en esta mierda, en esta maravilla, en el siglo del viento.

Leía con emoción sobre la eterna resistencia de los pueblos originarios. Las cimarronas que llevaban la vida en el pelo, para fecundar la tierra libre. Los taironas, que en el Caribe, hacían la guerra para hacer el amor, a quienes hace poco me imaginaba cuando recorría las costas de Santa Marta. Y los hermanaba con las guerrillas pipiles de Cuscatlán que recuerda Roque en “Las Historias Prohibidas”.

Así conversamos también sobre los luchadores de la independencia de la Patria Grande. Las luchas de Simón Bolívar junto a su ejército por todos los rincones, y la importancia de Manuelita para luchar contra las dominaciones culturales. San Martín, su gesta libertaria y la retirada a Inglaterra. El Mariscal Sucre, la Batalla de Ayacucho, O’Higgins. El ciudadano Artigas a quien la arquitectura de la muerte le erigió un monumento funerario al que no pudieron decorar con ninguna frase, porque no había nada en él que no fuese peligroso para los poderosos.

Y luego nuestra Latinoamérica más reciente, que no podemos dejar que nos sigan expropiando. Los pueblos de Zapata y Villa, el único invasor de Estados Unidos, y por pura diversión. Sandino y Farabundo. Gaitán y Arbenz. Del Che, que decía lo que pensaba y hacía lo que decía. Fidel, que confundía la unidad con la unanimidad, pero que se batió de huracán a huracán por los perdedores. Allende, que que nos dejó dicho que la historia es nuestra y la hacen los pueblos.

Todas las luchas, todos los somos lo que hacemos para cambiar lo que somos, forjadores de nuestra historia. Entre la importancia que tienen aquellos personajes, me gusta pensar que guardabas especial cariño particularmente por dos.

Simón Rodríguez, el primer educador popular de América Latina. Maestro de Bolívar. Y que recorrió Caracas, Valparaíso, Latacunga y demás, fundando escuela tras escuela. Enseñando a los niños a ser preguntones, para que, pidiendo el por qué de lo que se les manda hacer, se acostumbren a obedecer a la razón, no la autoridad.

Y el otro, Miguel Mármol. Miguelito. Ese indio luchador salvadoreño que tenía la buena maña de seguir naciendo después de tantas muertes. Ese chiquito, que caminaba como pato, bastante feo, pero con un carisma. Zapatero, fundador de Partidos Comunistas en El Salvador, en Guatemala, en Panamá. Asesinado y renacido tantas veces. Compañero de Farabundo. Maestro de Roque Dalton en “Las artes de la resurrección”, cuya celebración del nacer incesante compuesta de muchas vidas, asegurabas que es una síntesis de la historia de los pueblos latinoamericanos.

Hace unas semanas, estábamos reunidos unos setenta jóvenes latinoamericanos en Santiago. Para presentarnos con cada uno, entre otras cosas, teníamos que compartir cuál era nuestro libro favorito. No quise darle largas, comencé diciendo que era “Memoria del Fuego”, luego cambié a alguno de Roque y por último, emocionado por el espíritu latinoamericano que nos rodeaba y sumándome a gran parte de los presentes, finalicé diciendo que también para mí era “Las Venas Abiertas de América Latina”. El libro que más mencionaron a mi alrededor.

El día de hoy, te escribo pensando en los momentos que hemos compartido. Lo que aprendí. Sabiendo que queda mucho más que descubrir. Y todo por lo cual, ahora más que nunca, cuando pasás a formar parte del torrente de vida que corre por las venas de nuestra América Latina, no puedo más que agradecerte, amigo.

Luis Bonilla
Puerto Príncipe, 13 de Abril de 2015.