TECHO
25 septiembre, 2017

Discurso de Bienvenida: Es mucho más lo que nos une que lo que nos separa

*Entrada escrita por Luis Bonilla, director operativo de TECHO Latinoamérica.

** Estas palabras son parte del a bienvenida a 100 representantes de asentamientos informales que entre el 18 y el 22 de mayo se reunirán en el Segundo Encuentro Latinoamericano de Líderes Comunitarios.

Muchas gracias a todos por estar aquí. Un agradecimiento muy especial al equipo de TECHO México, que ha trabajado tanto por hacer realidad este momento. Y también gracias por el espacio para compartir con ustedes algunas palabras. Voy a tratar de ser breve, aunque no va a ser tan fácil.

Cada día vivimos en un mundo más globalizado. Que internacionaliza las finanzas, las comunicaciones, la producción, la riqueza y el poder. Y que también globaliza enormes problemas sociales. La desigualdad, la exclusión y la pobreza, son problemas de carácter internacional.

Al mismo tiempo, ese mundo sigue dividiendo a las personas. Nos divide en fronteras, en clases y en color de piel. Por esa razón, son pocas las veces que tenemos la oportunidad de juntarnos como miembros de una sociedad global. Sin embargo, hoy estamos aquí para descubrir que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.

Nuestra América Latina es una región llena de contradicciones. En este territorio vivimos más de 600 millones de ciudadanos. Entre ellos tenemos a 15 mil de los más ricos del planeta. En conjunto tienen una riqueza de más de 2 billones de dólares. En otras palabras, todos caben solamente en los palcos del Estadio Azteca y su riqueza vale más que prácticamente toda la producción México en un año.

Y por el otro lado, en esta misma región más de 167 millones de personas viven bajo la línea de la pobreza. Juntos llenarían más de 1.000 veces el Estadio Azteca y entre todos tienen menos riqueza que la de los 15 mil que ven los partidos desde los palcos de un estadio.

Nuestra región se caracteriza por sus altos niveles de desigualdad. Y la pobreza que experimentan los millones de latinoamericanos víctimas de la exclusión social, es la manifestación más extrema de esa desigualdad.

Acá mismo en México pueden observarse muchas de las contradicciones de nuestra región. Este país, en diversos momentos ha sido como un faro de luz para América Latina. Su revolución de principios del siglo pasado, fue inspiración para grandes luchas en nuestros países. Por la tierra y sus recursos, por los derechos de los indígenas, de los campesinos y los obreros. Es un país que abrió amistosamente las manos para abrazar a miles de latinoamericanos, que fueron expulsados de sus países por gobiernos autoritarios.

Es un pueblo que también nos ha dado tantas canciones, tantas leyendas, tantos personajes y tantas alegrías que los países latinoamericanos hemos hecho nuestras, y por las que tenemos tanto que agradecerle.

Pero en este mismo México, se encuentra al mismo tiempo la segunda persona más rica del mundo y casi 5 de cada 10 personas viven en situación de pobreza. Es un país con una sociedad dividida.

Desde hace algunas décadas hemos venido experimentando en nuestros países un crecimiento de la lógica del mercado, donde predominan los negocios y el lucro. Que en el nombre del desarrollo humano, ha llegado a privatizar aquellas cosas que se consideran derechos de todos y todas. Nos han privatizado la educación, la salud, la seguridad social, las pensiones y en muchos casos hasta el agua.

Nos hemos convertido en sociedades que antes de considerarnos ciudadanos con derechos, nos considera consumidores y mano de obra. Donde vivimos para trabajar y trabajamos para consumir. La calidad de vida la tenemos que comprar. Y cada quien vale por la cantidad de dinero que tiene. Y muchos quedan fuera.

La promesa de este neoliberalismo era que cuando el vaso del crecimiento económico estuviera lleno, se desbordaría y todos nos beneficiaríamos de ello. Pero como lo dijo el Papa Francisco hace un tiempo, lo que ha ocurrido es que cuando el vaso parece estar lleno, por arte de magia, se hace más grande y más grande, y así nunca termina cayendo nada para la gran mayoría.

 Asentamiento Vila Nova Esperança, en Sao Paulo, Brasil. Actualmente trabaja en distintos proyectos para convertirse en una comunidad sustentable.

Asentamiento Vila Nova Esperança, en Sao Paulo, Brasil. Actualmente trabaja en distintos proyectos para convertirse en una comunidad sustentable.

El resultado es que nuestra Latinoamérica además de estar partida en muchas fronteras, está repartida. Repartida entre pocos que tienen mucho y muchos que tienen poco. Toda nuestra región es una tierra enormemente rica, pero inmensamente injusta.

Por eso tenemos que cambiar muchas cosas. Y lo que acá queremos es unirnos para participar de la construcción de una región más justa y más igualitaria. Una en la que no existan ciudadanos de primera, de segunda y de tercera categoría. Una sociedad sin miseria y también sin opulencia. Sin casas de cartón pero también sin mansiones ni palacios. Una latinoamérica grande, digna y feliz, de todos.

Para eso debemos trabajar juntos, desde el norte hasta el sur. Para que participemos organizados de la construcción de sociedades más humanas. Donde todos tengamos derechos sobre el territorio que habitamos. Donde todos tengamos agua y electricidad garantizados como derechos. Sin diferencias. Donde todas las comunidades tengan cerca escuelas y salud de buena calidad.

Asentamiento El Sifón, México. Para llegar a la comunidad se debe caminar un kilómetro antes de encontrar transporte público.

Y también participativas. Donde todos tengamos derecho de decidir sobre lo que producimos. Sobre los resultados de nuestro trabajo y nuestros recursos. Sociedades en paz. Que nos permitan imaginarnos y construir nuevas dimensiones de solidaridad, igualdad y bien común.

Este sueño de justicia social que nos une a todos nosotros acá, también nos une en el tiempo y en el espacio con el resto de nuestro pueblo. Y es un sueño que se manifiesta concretamente en la disputa por el derecho sobre nuestro territorio.

Son sueños que hoy en día nos unen desde acá con los estudiantes. Esos que desde Chile luchan por una educación pública, gratuita y de calidad . Con los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Aquí, nos unimos también con nuestros pueblos originarios. Con los hermanos indígenas que desde el sur de México, que en Guatemala, Ecuador, Bolivia, luchan eternamente por sus derechos históricos.

Con los millones de latinoamericanos migrantes en todo el mundo, que avanzan hacia la construcción de la ciudadanía global. Con los trabajadores, formales, informales y terciarizados que pelean por cambiar la relación entre el trabajo y el capital. En fin, con todas las reivindicaciones de las grandes mayorías de nuestra sociedad.

Ese es nuestro pueblo latinoamericano. Al que todos acá pertenecemos. El de Monseñor Romero. Que nos enseñaba que la transformación social solo llegará cuando las mayorías populares no sean vistas como destinatarios de los beneficios de gobiernos, de las empresas o de las iglesias. Sino que el cambio llegará cuando seamos ese pueblo unido y protagonista de su lucha y de su liberación.

Antes de morir, Salvador Allende nos dejó dicho que la historia es nuestra y que la hacen los pueblos. Sabemos que los procesos de cambio son largos, que dependen de múltiples factores y que no están exentos de conflictos. Es por eso mismo que estamos seguros que esta es una tarea continua, que requiere de unir cada día el esfuerzo de las grandes mayorías.

Y también que es una tarea que debemos abordar con alegría. Con la alegría que conlleva caminar hacia la conquista de derechos. Con el optimismo de ir transformando sociedades de privilegios en sociedades de derechos. De ir superando las fronteras de la exclusión e ir construyendo una Latinoamérica de todos y para todos.

La historia es nuestra y la hacen los pueblos. Acá, en nosotros, está presente una parte de ese pueblo latinoamericano. Está activo en este humilde espacio que vamos a construir juntos en los próximos días. Y también está la invitación para que lo vivamos plenamente, sabiendo que estamos cumpliendo con un derecho fundamental. El legítimo derecho que tenemos de hacer nuestra la historia y el futuro.

¡Bienvenidas, bienvenidos y muchísimas gracias por estar aquí!