TECHO
28 mayo, 2017

Nuestro derecho a ser parte en la transformación de las ciudades

Vivimos en una de las regiones más desiguales y urbanizadas del planeta, donde el 10% más rico obtiene el 38% de los ingresos y el 10% más pobre el 1%. Además, el 80% de la población vive en ciudades.

¿Cuál es uno de los resultados de unir desigualdad e hiper urbanización? Vecindarios ricos provistos de todo tipo de servicios. Escuelas, mercados o áreas de recreación exclusivas, y seguridad privada las 24 hs, que se ven rodeados por asentamientos, donde obtener agua potable es tarea casi imposible. En estos espacios no existen sistemas de recolección de residuos, la electricidad se convierte muchas veces en un enemigo por los cambios de tensión o el peligro de conexiones deficientes, las calles se convierten en barro ante las primeras lluvias y no es raro compartir una casa precaria entre varias familias.

Esto último es la realidad de 1 de cada 4 hermanos y hermanas latinoamericanos que viven en ciudades. Son 113 millones que viven diariamente con casi todos sus derechos humanos vulnerados. Nosotros vemos esta realidad indigna semana a semana, y por eso trabajamos junto a las comunidades para transformarla.

¿Cuán normal es, en esas comunidades, que las familias vivan con miedo a un desalojo? ¿Cómo son, y cuánto se aprovechan los espacios verdes en un asentamiento? ¿Por qué tener acceso a algún servicio básico pasa a ser una excepción cuando es un derecho y debería ser la norma? ¿Cuántas veces escuchamos de parte de los pobladores las quejas del pésimo acceso a la salud y a la educación que tienen?

Todos estos elementos fundamentales entran en el concepto de derecho a la ciudad, de poder  disfrutar de nuestro lugar común, la ciudad, de manera justa y equitativa. La academia define el derecho a la ciudad como “el derecho colectivo de los habitantes al usufructo equitativo de las ciudades dentro de los principios de sustentabilidad, democracia, equidad y justicia social”.

Como entendemos la ciudad es en definitiva como nos entendemos como seres humanos. Robert Park dice que la ciudades el intento más coherente y en general más logrado del hombre por rehacer el mundo en el que vive de acuerdo con sus deseos más profundos. Pero si la ciudad es el mundo creado por el hombre, también es el mundo en el que está desde entonces condenado a vivir. Así pues, indirectamente y sin ninguna conciencia clara de la naturaleza de su tarea, al crear la ciudad el hombre se ha recreado a sí mismo”. No podemos separar entonces la persona que queremos ser con la ciudad donde queremos vivir.

Decíamos al principio que el 80% de la población de América Latina vive en ciudades. El proceso de urbanización desde 1950 hasta nuestros días fue feroz, claramente marcada por la migración de campo a la ciudad. Pero los procesos de urbanización no solo fueron vertiginosos, sino totalmente descontrolados. Las ciudades no estaban preparados para recibir tanta gente. Y estos procesos, la ciudad donde vivimos hoy ¿nos han convertido en mejores personas? O ¿andamos estresados, frustrados?

Acá es donde entra otra componente en el derecho a la ciudad, que es el derecho a ser parte en la transformación de nuestras ciudades. Que el crecimiento o los cambios tengan en cuenta nuestros deseos, nuestra opinión de qué ciudad queremos. Es pedir participación en la decisión de a dónde va mi ciudad, para que no sea arrollada por la urbanización frenética y descontrolada, que va dejando por un lado a los ricos con privilegios y por el otro a los pobres a la suerte de nadie, peleando por un mísero pedazo de tierra con ni siquiera acceso a los servicios básicos.

La definición técnica sería “El derecho a la ciudad es mucho más que el acceso individual o colectivo a los recursos urbanos, es también un derecho de cambiar y reinventar, transformar la ciudad de acuerdo con nuestros deseos. Es también el poder colectivo sobre el proceso de urbanización en su forma general, de participación en todos los procesos urbanos, inclusive en la planeación de nuestras ciudades”.

Surge un problema cuando creemos, o nos hacen creer, que efectivamente podemos elegir la ciudad donde queremos vivir. Pero la calidad de vida se ha convertido en una mercancía para los que tienen dinero. El gigantesco individualismo que nos caracteriza hace que nos parezca normal encerrarnos con gente ‘como uno’ tras vallas, rejas y seguridad privada constante, donde la neurosis de compartir con alguien que a priori parece distinto nos paraliza. Vivimos en ciudades cada vez más divididas, fragmentadas y proclives al conflicto.

¿Cómo podemos cambiar esto? Es importante rescatar que ya lo estamos haciendo hace años, constantemente en nuestro trabajo diario como institución. Pero hay más opciones, en especial en exigir la participación como ciudadanos del proceso de definición de cómo son y serán las ciudades que habitamos.

Es importante también que sepamos que la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), ha convocado para octubre de 2016 la III Conferencia sobre Vivienda y Desarrollo Urbano Sustentable, Hábitat III. El objetivo principal es constituir una nueva agenda urbana mundial para los próximos 20 años, que aborde el proceso de urbanización y los efectos que ha desencadenado, teniendo como premisa el desarrollo sostenible en el largo plazo a nivel mundial.

Hasta el momento se han realizado dos preparatorios oficiales en Nueva York (2014) y Nairobi (2015) donde estuvimos presentes. A estos se suman una serie de encuentros paralelos en donde las organizaciones de la sociedad civil nos hemos reunido para reflexionar y generar propuestas sobre la temática de las ciudades y los desafíos que se deben enfrentar para lograr equidad.

Desde la sociedad civil estamos al tanto de la relevancia que presenta el consenso y la elaboración de la nueva agenda urbana mundial, que integre políticas, desafíos y acuerdos para promover ciudades justas y equitativas, en donde todos los habitantes puedan ejercer en plenitud la ciudadanía a partir de valores colectivos. El foco son las ciudades, pero también debemos superar la dicotomía entre lo urbano y lo rural. Lo rural no se debe invisibilizar, el territorio se debe comprender como un continuo que integra y no diferencia ante el desarrollo sostenible y digno para todos y todas.

Es importante entonces que nos apropiemos de este tema, ya no solo como TECHO, sino como habitantes de nuestras ciudades. La ciudad es, o debería ser, de todos y todas, con lo cual todos tenemos que participar en su construcción y transformación.

Desde TECHO iremos sumándonos a campañas y promoviendo la reflexión de estas temáticas entre todos el voluntariado. Ojalá se sumen, se interesen y colaboren para que tengamos ciudades dentro de los principios de democracia, sustentabilidad, equidad y justicia social. Estamos a un año de Hábitat III, donde el tema de la ciudad estará cada vez más en boca de varios. ¡Es una oportunidad única para incidir en la Agenda Urbana Mundial de los próximos 20 años, y no podemos dejar pasar la oportunidad!

Agustín Algorta

Director Social TECHO